Hay momentos en los que la vida, oronda, no toca la puerta, la tumba y con martillo, muy a las tres de la mañana. ¡Ja!
Y una que se creía relativamente organizada, relativamente consciente, relativamente adulta, descubre que apenas si es un turista en su propia existencia.
Con la puerta astillada y en el piso, aparece en carroza la bendita, la señora incertidumbre que -claramente- nunca llega como una brisa existencial con fondo de Vivaldi. No.
Llega como un totazo emocional que lo desordena todo, que te borra el calendario y te deja mirando al techo, preguntándote si esto es evolución espiritual -porque sí, uno todavía se pregunta por cada simbolismo y cada tras escena- o si -simplemente- es caos con mala, con pésima, prensa.
Entonces, con la señora I. presente y sin cerradura que la contenga, la vida comienza, de nuevo, a gritar y esta vez lo hace desde todas las esquinas.
Grita en el cuerpo que cambia sin pedir permiso y en sus dolencias; en las decisiones que se vencen como yogur olvidado; en la cuenta bancaria que te recuerda que el universo fluye, pero que las facturas no se pagan con afirmaciones positivas; en los recuerdos que no pediste revisar, y en el futuro que jamás trae instrucciones.
La incertidumbre se instala como un animal salvaje, te respira en la nuca, te mira a los ojos -fijamente- y te pregunta: ¿y ahora qué?
En silencio, miras al piso, y sabes que no, que no hay respuesta, porque no hay plan, aunque hayas trabajado arduamente en uno, porque el destino juega con sus propias cartas para que al final, y a manera de ventarrón, descubras que no sabes nada, absolutamente nada y verifiques, por enésima vez, que no eres más que una hoja al viento con pretensiones de roble.
Es como la revelación del asesino en la escena del crimen, impensable y liberador, pero… pero, pero, la libertad, como es sabido, nunca llega sola, cobra impuesto y para el caso trae a su jefe de cobranzas: la rabia.
Sí, la rabia, esa de la que nadie quiere hablar, de la que no se oye, la de la mala fama, esa a la que venden como protector solar con color; rabia etérea, maquillada, rabia contra las circunstancias, contra los otros, contra esa mirada ingenua que parecía anticiparlo todo, rabia que es evidente cuando descubres que has llevado las gafas sucias durante años, que el mundo jamás fue como lo habías visto, que ni siquiera es parecido a lo que imaginaste, que tu alma tenía una ligera y torcida inclinación que llamaste anhelo, que las heridas no estaban cerradas y que los sueños, sueños son.
Este impuesto es una rabia limpia y sucia al tiempo. Limpia porque revela, sucia porque duele. Uno quisiera tener una explicación brillante, una teoría sofisticada, un mapa aunque fuera de papel, pero la verdad es menos glamurosa y no hay nada que hacer salvo seguir.
Seguir, por ahí, para allá, para donde sea, pero seguir, aunque el miedo esté pegado a la espalda, seguir sin entender del todo o sin saber para qué, seguir mientras guardas en un neceser versiones pasadas de ti que parecen escritas por otra mujer, seguir porque solo lo que se mueve está vivo, de tal suerte que uno termina cerrando los ojos y lanzándose al abismo, en medio de la más profunda frustración porque no hay otra salida y así, con los ojos cerrados, volvemos a saltar, sin red, sin tutorial, conscientes de nuestra propia ignorancia.
La vida, que siempre compensa, también tiene de amiga a los milagros y cuando la caída libre te tiene la cara sobre el pavimento entran en escena nuevos actores, un par de malabaristas que nada tienen que ver con la resignación, aunque parezca, ni con la derrota, y que son, sin duda, una forma extraña de rendición consciente, una aceptación que nace de dejar de pelear contra lo inevitable… “confiar y fluir” prácticas brutales, pero concretas.
Confiar es aceptar que no tienes el guion completo; fluir es caminar, aunque no veas el final del túnel, y esta dupla solo te lee el libreto cuando sueltas el control, cuando lanzarte, seguir adelante, es el único acto verdaderamente heroico que está a tu alcance.
Bendita incertidumbre que nos quita lo que creíamos imprescindible para mostrarnos lo que realmente somos cuando las candilejas se apagan, cuando dejamos de fingir que controlamos lo que jamás estuvo bajo nuestro dominio.
Bendita, insoportable e inesperada incertidumbre que te despoja, te quita la narrativa cómoda, te arranca la ilusión de permanencia, te deja con lo esencial, en cueros, y con la gastritis a mil, porque la vida grita, sí, grita duro, pero cuando dejamos de resistirnos, descubrimos que no era un grito de amenaza, que solo era un llamado a despertar, a ser. Nada es aleatorio, todo es ajuste.
PD: La luz no lucha contra la oscuridad; la disuelve… siendo.