Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que opinar exigía algo que hoy resulta incómodo: pensar.
Describo el contexto. Para emitir una opinión había que haber leído, discutido, dudado, incluso callado un largo, laaaargo, rato antes de hablar, porque —además— el silencio y la escucha eran inmensamente valorados.
Entonces, opinar era un privilegio reservado para quienes habían dedicado años a aprender, a estudiar, a observar, a meditar, a entender algo. Y ahí estaban los filósofos, los académicos, los intelectuales, los inmensos creadores, los columnistas, incluso los viejos sabios de café que citaban a Sócrates entre un tinto y un cigarrillo.
Hoy, en cambio, opinar se ha convertido en una afición que nos ha capturado con un entusiasmo conmovedor. Todos hablamos de todo, todo el tiempo, con la seguridad de quien acaba de descubrir la verdad absoluta mientras hace la fila para pagar en el supermercado.
Las redes sociales democratizaron la experiencia, el placer y la necesidad de la información y, cómo no, la posibilidad de hablar con megáfono, de hacernos oír.
Todo esto, sin saber cómo informarnos o cómo expresarnos porque, ya lo dijo alguien por ahí, lo importante —también— son las formas, que de lo contrario no hay ruta, y sin ruta… obtenemos equivalentes propensos al performance, a la mascarada; disfraces de realidad con exclusivismo de pensamiento, artilugios que con simpleza y en absoluto engaño equivalen a autoritarismo, extremismo y falta de duda.
Para la muestra, un botón: la certeza, o la ilusión que hoy en día a todos nos golpea, de que hablar u opinar sobre cualquier tema y, de cualquier manera, equivale a pensar.
Bienvenidos al Circo Beat, bienvenidos al nuevo circo romano que hemos construido para el —siempre hambriento— público del siglo XXI.
El ser humano, que ha sido propenso a creerse dueño de la verdad desde mucho antes de que existiera el wifi, ahora tiene micrófono, escenario, luces y aplausos permanentes.
Somos un coro global de opinadores profesionales de lo que sea. Opinamos sobre política, vacunas, crianza, guerras, espiritualidad, sobre el matrimonio ajeno, sobre el cuerpo de los demás y sobre el peinado de un desconocido que vive en otro continente. Opinamos con una seguridad estremecedora, con esa misma convicción con la que los griegos construyeron la cuna de Occidente.
Hoy, el ciudadano promedio vive convencido de que su manera de ver el mundo no es simplemente una perspectiva, ¡es la perspectiva! No es una opinión, ¡es una revelación!
Y por supuesto tiene el deber moral de compartirla con la humanidad entera, porque si algo nos han enseñado las redes sociales es que la validación pública es la nueva forma de existir.
Ya no basta con vivir, hay que opinar sobre lo vivido especialmente por otros, porque en el escenario de la vida, ya no hay aplauso que calme el hambre del alma.
En medio de ese panorama, que insiste en recordarnos los peores mundos narrados por la filmografía ochentera y noventera de ciencia ficción, apareció la inteligencia artificial. Un cerebro nuevo para la humanidad, que dejó de preguntarse, que dejó de lado la intuición, que se olvidó de ser.
A la IA le estamos entregando nuestro pensamiento profundo, y a Meta, nuestra paz mental. Internet y su objetivo raíz —conectarnos, inspirarnos, enseñarnos— murieron.
Las redes impidieron que siguiéramos tejiendo lazos profundamente humanos, perdimos el asombro y el contacto con el entorno a través de los cinco sentidos y lo que, algún día, nos convirtió en la especie que se ufana de gobernar el planeta Tierra se está desvaneciendo en el viento con la misma ligereza con la que inundamos el mundo con nuestras opiniones, likes, corazones y pulgares al cielo.
Nos convertimos en actores y espectáculo a la vez, somos opinadores y comentaristas permanentes de una realidad que poquísimas veces nos detenemos a comprender.
Vemos un titular y opinamos, vemos una foto y juzgamos, vemos una vida ajena y dictamos sentencia, todo bajo el romántico discurso de estar construyendo un mundo mejor, abierto, incluyente, “real”; abotagados por el infortunio de la maratón del tiempo, sin contexto, sin pausa, sin silencio.
Es el triunfo del comentario sobre la reflexión, del sarcasmo sobre la comprensión, de la burla sobre la curiosidad, del discurso ajeno sobre el sentido común. Es el trofeo de nuestro autoembaucamiento a favor de lo que algún día llamamos progreso y que hoy es el presente distópico sobre el que intentamos navegar. No, perdón, ya no nos alcanza para tanto, solo flotamos en él y con la ayuda de una dona plástica.
Nunca en la historia de la humanidad habíamos tenido tantas herramientas para aprender y, al tiempo, tan poca paciencia e interés en hacerlo. La información está en todas partes. El conocimiento, en cambio, parece haber salido discretamente por la puerta de atrás.
En medio de todo esto aparece una ironía deliciosa, nos preocupa que la inteligencia artificial sea demasiado inteligente, cuando el verdadero riesgo es que nosotros estemos dejando de serlo.
La inteligencia, la de verdad, no es la capacidad de tener una opinión, es la capacidad de cuestionarla y es ahí, en ese pequeño gesto, donde se bifurca y radica la diferencia entre un ser humano, completamente pensante, y un algoritmo.
La reflexión, cuestionar, el sosiego, la calma, la reserva… Ese el truco diferencial de nuestro pensamiento.
Tal vez nuestro temor a un mundo “conquistado” por la IA es el reflejo de un espejo incómodo que nos obliga a mirarnos y, quizás, ojalá, a revaluarnos. Estamos practicando el arte de la eutanasia mental y esto solo nos puede generar un ¡ay! colectivo que estamos faltos de reconocer.
Puede ser este el mejor instante para evocar el Memento Mori de los romanos con su “recuerda que morirás” para volver a nuestra humanidad; es decir, para rehumanizarnos y, verdadera y honestamente, vivir en respeto por lo que somos y por lo que esos, los otros —sobre quienes opinamos tan frívolamente— son.
Es posible, opino (¡jajaja!), que el problema no sea la inteligencia artificial. Puede ser que la IA tan solo haya llegado para recordarnos algo incómodo y es que el verdadero riesgo no es que las máquinas “piensen” como nosotros, sino que nosotros terminemos viviendo, “pensando”, como máquinas.
P. D.: Es hora de aceptar, asimilar y considerar humildemente que el mundo es más complejo que nuestro hilo de X.