Es destacable la iniciativa del alcalde de Bogotá para convocar una comisión para el estudio del cambio demográfico y la reducción de la tasa de fecundidad. Este es asunto que de repente -de manera coincidente con la pandemia de Covid-, nos cambió el panorama al pasar de un país lleno de niños, a una sociedad que se envejece a mayor velocidad de lo esperado.
Esta semana conocimos el dato de nacimientos para 2025: 433.678 registros, el más bajo de los últimos 18 años y con una reducción del 4,5 % frente al 2024. De un volumen mayor a los 700.000 nacimientos anuales pasamos a una reducción ostensible y, sobre todo, muy acelerada. Si agregamos el crecimiento de la expectativa de vida -con un promedio de 75 años- la inversión de la estructura de edades ya se encuentra muy avanzada y se estima que la fase de crecimiento natural de nuestra población termine hacia 2052. Estamos apenas a 26 años.
Pero los promedios pueden ser engañosos. Ya tenemos departamentos y ciudades de Colombia donde la transición demográfica está más consolidada, ya se superó el pico del bono demográfico y aún con la contribución de los migrantes jóvenes, la situación de envejecimiento avanza de manera más acelerada que el resto del país. Los departamentos del Eje Cafetero y ciudades como Bogotá van marcando esa tendencia.
La velocidad del envejecimiento experimentado en Colombia supera la experimentada en los países europeos, también Japón, lo que implica disponer de menores tiempos para definición de políticas, la adaptación institucional y, también, para la generación de las infraestructuras necesarias para atender poblaciones envejecidas.
Desde el punto de vista de salud el reto es monumental, porque estamos viviendo más pero no necesariamente con una mejor salud. Se estima que después de los 60 años nuestra población vive casi una cuarta parte de su resto de vida en condiciones de mal estado: un indicador que pone de manifiesto un reto sustancial al sistema de salud, pero, además, reduce las posibilidades laborales y de bienestar de la población envejecida. Podemos vivir más años, pero con una calidad de vida inferior a la de otras poblaciones envejecidas de Europa o del Japón.
No necesariamente el envejecimiento de la población es negativo. El problema es saber cómo envejecemos, cómo nos preparamos para un evento que está a la vuelta de la esquina y qué medidas de corto, mediano y largo plazo se deben tomar para reducir los efectos que tenga sobre la sociedad y la economía; así como sobre los servicios de protección y asistencia social que serán necesarios para una población que envejecerá desde núcleos familiares reducidos y no siempre presentes.
¿Qué hay detrás de la reducción de la tasa de fecundidad? ¿Por qué los jóvenes colombianos parecieran tener aún mayor resistencia a tener hijos que jóvenes de otras naciones similares?
Pareciera necesario profundizar en las condiciones actuales de nuestra estructura social, en particular, la visión que de su propio futuro que tiene nuestra población joven y sus expectativas de vida. La existencia de más de 2 millones de jóvenes entre los 15 y 35 años -sin mayor vinculación educativa ni laboral- debería ser analizada a profundidad. Un envejecimiento acelerado acompañado de una pérdida de capital social y de competencias es un escenario que se debe evitar a toda costa.
Los candidatos a la presidencia deberían incluir en sus propuestas políticas el asunto del envejecimiento poblacional como un tema esencial para el futuro de nuestro país.