Bendita PASO/maldita PASO
El disparador de la agenda 2026 es el debate que divide al oficialismo y la oposición sobre la suspensión o anulación de las primarias PASO. Para el Gobierno, que haya dos elecciones -la simulación que son las PASO, y después la general- suele precipitar la derrota del oficialismo (Macri 2019, Massa 2023). Para la oposición es un salvavidas en la era de la fragmentación y el cuentapropismo.
La PASO le pone un paraguas a la dispersión de partidos y, lo más importante, genera el balotaje que es la gran oportunidad de la oposición. La prueba de fuego del sistema fue en 2015, cuando la PASO permitió la construcción de la coalición de Juntos por el Cambio.
Esa marca fue la primera que logró sindicar detrás de sí al voto no peronista y ganarle al peronismo. Fue la capitalización del sistema nacido con la reforma de la Constitución de 1994, que le dio autonomía a la Capital y creó el balotaje.
La autonomía de la CABA permitió que el distrito vidriera del país pudiera generar un sistema político propio. Lo hizo y tan es así que la Ciudad proveyó cuatro de los seis presidentes del ciclo (los otros dos fueron de apellido Kirchner, lo que equivale a uno).
El balotaje es además hijo de la PASO de 2015, que puede interpretarse como casi una simulación para no dejar a nadie afuera de la coalición. Eso fue la PASO entre Macri-Sanz y Carrió. Visto desde ese prisma, la anulación o suspensión de las PASO es una herramienta imprescindible para el actual gobierno, que viene de una elección en la que aprovechó el fracaso de las dos grandes coaliciones en 2023 y se benefició del balotaje y del voto de Cambiemos.
Es difícil que se repita y para eso hay que ir a unas elecciones en 2027 montadas en la extrema fragmentación de la oferta partidaria y sin el mecanismo que permita que se integren alianzas que le disputen el poder.
“Todos somos el 48”
La nueva agenda la encara el Gobierno con el vértigo de que, en el mejor momento del Senado, logró juntar 47 voluntades. El arco de sus amigos quedó a una banca de lograr los 2/3, que son 48. Ese número se juntaría sobre la base de partidos diferentes, con orígenes y objetivos dispares, pero a los que uniría alguna bandera convocante.
La pregunta es: ¿48 para qué? ¿Para una nueva Corte Suprema de Justicia, para designar el Procurador General (jefe de los fiscales), para ensayar algún retoque a la Constitución? Estas dudas alimentan la chanza que corre por los pasillos de la cámara: Todos somos el 48.
Sonríen algunos pensando en la quiniela, que le atribuye el número al muerto que habla. Pero la matemática le atribuye otras condiciones como número anti primo. El 48 es un número altamente compuesto que tiene exactamente 10 divisores, lo que significa que tiene más divisores que cualquier número menor que él.
Esa gran cantidad de divisiones lo hace útil para subdivisiones. Lo contrario de lo que necesita para una decisión política. Eso convierte al 48 en el número más caro de tener.
La hora de pasar factura
Lo entienden gobernadores y legisladores que han negociado con el Gobierno las últimas leyes. Ya se adelantan constituir grupos para demandar el repago de su apoyo en el Congreso. Uno es el interbloque Impulso País, que conduce “Camau” Espínola y es la cuarta bancada en cantidad de senadores. Se aprestan a cerrar esta semana su integración en las comisiones.
Este bloque espera el repago de sus adhesiones, como el grupo de siete gobernadores que se reunieron la semana anterior en un zoom y se autodenominan el Grupo Gobernabilidad. “Damos gobernabilidad”, dice Carlos Sadir, que acordó con sus colegas de otras provincias reclamar al gobierno una reunión con Luis Caputo.
Reclaman que suelte obras públicas y reponga los fondos que han dejado de coparticiparse por la ley de reforma laboral, con cargo a las partidas de ATN que el gobierno sigue reteniendo. Sadir integra ese arco de gobernadores amigables con Raúl Jalil, Osvaldo Jaldo, Gustavo Sáenz, Rolo Figueroa, Alberto Weretilneck y Hugo Passalacqua.
Muchos de ellos fueron invitados por el gobierno al viaje a Nueva York del 9 al 12 de marzo para participar de una misión de negocios con empresarios. Este domingo había dudas de que se concretase por la guerra de Irán. Confían en ese viaje para estrechar vínculos con el Gobierno.
La mayoría prefirió no ir al Congreso al discurso de apertura legislativa. Sadir viajó a Canadá a una cumbre mundial de la minería, Jalil se quedó con sus legisladores en Catamarca para actos de gestión. “No queremos que nos puteen”, admitió otro de los gobernadores ausentes.
Esquirlas de las sesiones del Senado de esta semana que pasó. Una ley no escrita del Congreso dice que cuanto más cerca está una bancada de los 2/3, en realidad está más lejos que nunca. El vuelco final a la mayoría -en este caso el 48- es el que sale más caro y no siempre justifica la intención.
Por qué Pichetto
Bajo esta luz hay que entender también la noticia del verano, que fue la visita de Miguel Pichetto a Cristina de Kirchner. El plan de él es claro. Lo va a pelear al Gobierno donde el Gobierno prospera, que es en el peronismo no-K. No lo puede pelear en el arco de Cambiemos porque este se desintegró como fuerza política y hoy es el oficialismo: un emprendimiento de ex funcionarios de Cambiemos que no lo quieren a él.
En 2023 Macri dinamitó Cambiemos y se despegó de Pichetto, que había sido el peronista bueno hasta esa fecha. Pichetto quiere ser el referente del peronismo no cristinista. Lo fue entre 2015 y 2019 cuando negociaba por los gobernadores junto a Massa con Macri y logró que las provincias firmasen el consenso fiscal, tuvieran superávit y que los gobernadores reeligieran.
Estaba en camino de hacerlo con la mesa de los cuatro de Córdoba con Schiaretti. Macri arrugó porque temía quedar fuera de juego y Cristina mandó a comprarlo de nuevo a Massa, también para evitar quedar fuera de juego. Por esa razón Pichetto acepta ser el vice de Macri. Estaba a 50 metros del poder. Ahora su consigna es “o Grabois o yo”. Visita a Cristina para que no lo tiren a la grieta, como dicen los periodistas.
En esa interna él tiene las de ganar porque el cristinismo está fundido y va a arrastrar a Kicillof. Es una gran oportunidad, la última que tiene en su vida. Pero su enemigo es Milei y los Menem, cuyo único proyecto es capturar a ese peronismo. Esos son los términos de la pelea.
El peronismo es para los peronistas
Si algo hay que entender es que la clientela de los peronistas son el peronismo. Hay que mirar, además, al peronismo con categorías peronistas. Hacer lo contrario es un error: tratar de leer el peronismo desde el no peronismo y perder de vista que los peronistas no tienen ningún producto para los no peronistas.
¿Que no les alcanza con eso? Claro que no, y más en la era del balotaje. Pero tampoco al no peronismo hegemónico hoy, que es mileísmo, le alcanza con lo propio. Así como el no peronismo tiene que darles un manotón a los terceros partidos, también lo tiene que hacer el peronismo si quiere ganar.
En sí misma la visita de Pichetto a Cristina es una trivialidad, sin más contenido que otros encuentros como los que ha tenido en el último año Pichetto con Mauricio Macri. Algunos se difundieron, otros no. Lo que importa es el rumbo de Pichetto, que va detrás del peronismo no cristinista que está desmovilizado para las elecciones nacionales desde 2023.
Esa desolación ocurre en el peronismo del interior, que actuó a desgano en aquel año y le impidió a Sergio Massa llegar a un triunfo en primera vuelta. Quedó a poco más de tres puntos de lograrlo. Lo que parece buscar Pichetto es la identificación con el voto peronista que se resiste a la representación en Cristina.
La expresidenta es un prodigio de desaciertos estratégicos. El último es ir a una pelea con Axel Kicillof en el distrito más importante del partido. ¿Qué busca con esa confrontación con el gobernador que logró retener el distrito en las provinciales de septiembre, y casi empató la nacional en octubre? ¿Cuál es el rédito, cuando su jefatura en el peronismo del AMBA está clausurada por condenas y también por la retirada de su hijo Máximo de la conducción del PJ de Buenos Aires?
Piso y techo en 2027
En la planificación de Pichetto consta que 2027 será la elección que discutirá la micro, no la macro, que ya resolvieron las elecciones de 2025. En esas elecciones cree que el público querrá respuestas a los bajos salarios, el desempleo, el recorte del gasto en jubilaciones y en las universidades.
Visitar a Cristina busca amortiguar la diferencia de Pichetto con el peronismo del AMBA -al que pertenece Pichetto como diputado del distrito- que tiene que encontrar su chance en el peronismo del interior. Niega que le haya pedido nada a Cristina.
El corte del peronismo en 2025 alcanzó al 33,70%. Perdió ante el oficialismo que alcanzó el 40,66%. La abstención fue récord y castigó más al voto peronista. Lo que alcanzó la suma de partidos ligados a La Libertad Avanza repitió los resultados de la coalición Cambiemos en elecciones anteriores. Es posible que eso sea un techo, porque gobernaba el mileísmo y tenía el apoyo crítico del Congreso.
El peronismo con el 33,70% es posible que se haya colocado en un piso, en el peor momento de imagen de sus dirigentes, con Cristina incendiada en tribunales, ya condenada. Es imaginable que le será más fácil crecer al peronismo en las próximas elecciones que al oficialismo, al que castigará el desgaste de toda gestión política.
La boleta única tampoco salva a nadie
El entusiasmo con el cual el Gobierno confió en el uso de la Boleta Única Papel en las elecciones nacionales probó una vieja máxima que suelen repetir los baquianos: el sistema electoral no modifica la política, al revés, el sistema electoral expresa a la política; lo dice Alejandro Tullio, experto en estas cuestiones.
El uso de la BUP no modificó los resultados si se los compara con la serie histórica. El Gobierno fue a esas elecciones en Buenos Aires con el mejor candidato posible para su interés de ese momento, José Luis Espert, y lo exhibió como la gran esperanza blanca. Lo tumbó la desgracia y lo reemplazó Diego Santilli como cabeza de lista, que era el mejor posicionado: encabezaba todas las encuestas propias y ajenas.
El resultado final se demostró en las legislativas de 2025, cuando además se verificó que el peronismo vota peronista, esté quien esté en la lista, sea Jorge Taiana, un aparatista del PJ, Juan Grabois, un activista de otro partido (Patria Grande, ni pertenece al PJ).
En esa elección, en la que según los manuales el peronismo debía perder, hubo una paridad en el voto en favor de La Libertad Avanza de apenas 0,33%. Venció al peronismo por 41,43% a 41,10% y sacó solo un diputado más: 17 contra 16 de Fuerza Patria. Y eso que en esas elecciones nacionales no votó el millón de extranjeros que suele votar al peronismo en todas las elecciones.
El padrón de extranjeros votó en las provinciales del 7 de septiembre, y no está habilitado a votar por cargos nacionales. Si se les agregaba el porcentaje habitual del 30% de los extranjeros, el peronismo habría superado a LLA. Santilli lo sabe y seguramente, como ministro del Interior y veterano de otras campañas, también sabe que un sistema electoral no puede imperar por sobre la realidad política.
Las PASO fueron creadas por el peronismo en 2010 para arruinarle la vida a la oposición y castigar a los disidentes de la propia fuerza, que pedían interna y jugaban en contra de quien las ganó. Pasó poco tiempo para que, con PASO y todo, la oposición le ganara al peronismo, como ocurrió desde 2013.
En el escrutinio nacional, LLA logró retener el voto del no pejotismo, que había heredado de Cambiemos en el balotaje de 2023. Claro que lo hizo con cabezas de listas en dos distritos clave como PBA y CABA, con emblemas del PRO-Cambiemos como Patricia Bullrich, candidata a presidente de esa coalición en 2023, y Diego Santilli. Así cualquiera.