Saturday, March 21, 2026
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Visita al misterioso refugio de San Francisco de Asís, en el corazón de Italia

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Asís vive, ocho siglos después, manteniendo vivo el recuerdo del “Poverello” que un día definió allí su destino y dio un giro en la historia religiosa global. Este año la ciudad umbra celebra un jubileo muy particular, y desde enero los buses y las llegadas son más intensas que de costumbre, lo que es mucho decir para uno de los centros de peregrinación más importantes del mundo. Sin embargo, un poco más arriba en ese verde relieve del centro de Italia, todo ese movimiento es apenas un rumor.

Tal como hace 800 años, una densa vegetación cubre las laderas de las montañas ocupadas por los umbros mucho antes de la llegada de los romanos, sus parientes lejanos. Ya entonces la región se distinguía por las sombras que le dieron el nombre, sus bosques y profundos valles. Todavía hoy Umbría se considera el cuor verde dell’Italia. Los bosques, en verdad, no cambiaron demasiado desde la Edad Media: a su sombra fueron creciendo ciudades como Spoleto o Terni, pero también Asís, uno de los epicentros espirituales de la península italiana.

El tiempo no pasa por el monte Subiaso con el mismo ímpetu que en el resto del mundo. Quizás por eso Francisco eligió alejarse del mundo material y secular en medio de las cuevas escondidas por el tupido bosque de hayas y encinas. Es un mundo lejano que se esconde en los pliegues del tiempo, pero es cercano a la vez, porque bastan unos minutos para alcanzar, desde el centro de Asís, la entrada del complejo de la Ermita de las Cárceles. Para subir hasta los 800 metros de altura de ese refugio, hay que recorrer menos de cinco kilómetros desde la ciudad y su imponente complejo de iglesias.

El refectorio con frescos del RenacimientoPierre Dumas

En italiano, este lugar se llama Eremo delle Carceri. En lugar de celdas y de rejas, fue un mundo de grutas y vocación religiosa que buscó y encontró Giovanni di Pietro di Bernardone, que pasó a la historia como Francisco. El joven decidió entregarse totalmente a la vida ermitaña en torno al año 1208.

Eran tiempos convulsionados en Europa, con guerras civiles y llamados a cruzadas, aunque en Umbría y en el resto del centro de Italia se iba abandonando la Edad Media para forjar los pilares del Renacimiento. La familia del futuro San Francisco, de hecho, formaba parte de una clase de comerciantes ricos que estaban expandiendo sus negocios por toda Europa y el Mediterráneo. En su época era seguramente un “soltero de oro”, destinado a heredar una envidiable posición social y económica. Pero eligió, en cambio, recorrer parte de Italia para vivir como un mendigo y ayudar a los más necesitados, hasta establecerse finalmente en las laderas del monte que lo vio nacer para vivir lo más ascéticamente que le fuera posible.

Las cárceles sin rejas “encerraban” a los monjes en su vocación. Muy pronto Francisco fue seguido por Rufino y otros compañeros que compartieron su vida de contemplación y meditación, formando una pequeña comunidad. El camino de cornisa que lleva al eremo sigue siendo bastante vertiginoso en la actualidad, pero en la época del santo era apenas una picada y había que sortear relieves abruptos, laberintos de rocas y troncos de árboles.

Las visitas al Eremo delle Carceri son menos épicas, pero conservan una rara intensidad emocional y espiritual. Hay quienes ven en el pequeño complejo montañés un museo de sitio. Y están los que van en busca de una conexión más profunda con el mensaje de San Francisco. La visita sigue un orden muy preciso desde el camino de entrada, al borde de la ruta, donde reina la paz aunque se junten varias personas. Hay silencio en todos los idiomas, incluyendo por supuesto el castellano argentino: aquí además el folleto en español está identificado por la bandera celeste y blanca. Seguramente un legado del papa Francisco, que había sorprendido al mundo al elegir para su pontificado el nombre del “Poverello de Asís”.

La entrada es libre y gratuitaPierre Dumas

La historia recuerda la profunda conexión del santo con la naturaleza y los animales. Es una dimensión que se materializa durante la visita a la ermita, especialmente cuando se ve el recoveco rocoso donde se dice que Francisco se acostaba para dormir por las noches, sin más comodidad ni reparo. El lugar le brindaba el entorno adecuado para rezar y meditar junto con sus compañeros. Pero para evitar que su ermita se convirtiera en un lugar de peregrinación, se sabe que había pedido no divulgar el lugar exacto de su asentamiento en las laderas del monte.

Lo que se visita y recorre en la actualidad empezó a construirse a partir del siglo XIV, cuando una comunidad de frailes eligió vivir en el lugar preciso de la ermita de Francisco. Inicialmente, utilizaron ellos también las grutas como refugio y lugares de oración. Las edificaciones se estiraron a lo largo de los siglos XV y XVI, a medida que crecía la comunidad. El refectorio del pequeño convento establece una conexión directa con aquellos hombres del Renacimiento. Las mismas tablas de madera forman mesas que ya no se usan, reliquias al igual que las cruces y los frescos (el de la Última Cena, cerca de la puerta, fue fechado en el año 1599).

La ermita de San Francisco de Asís, Eremo delle Carceri, sobre las laderas del monte Subasio en UmbríaShutterstock

Durante la visita también se descubren las celdas del convento en el piso superior, seis habitaciones a lo largo de un pequeño pasillo. Aunque el bosque parezca inmenso, el espacio de la ermita es más bien exiguo, con paredes gruesas pero habitaciones reducidas, de techos bajos y materiales rudimentarios. Incluso la iglesia es diminuta. Fue construida durante el siglo XV, en la época de San Bernardino de Siena, uno de los monjes más sobresalientes que pasaron por la ermita. El fresco por encima del altar fue atribuido a Giovanni di Corraduccio, un pintor de Foligno (la ciudad más grande de la región). Al igual que otras obras del conjunto, es del siglo XV. Para encontrar algo más antiguo, aunque no contemporáneo de Francisco, hay que llegar hasta el Oratorio de Santa María de las Cárceles, la construcción más antigua del complejo, fechada en el siglo XIII.

También se visita el coro donde los monjes recitaban los oficios y una antigua sacristía junto a un confesionario. Finalmente, se llega al lugar más emocionante del recorrido, la cavidad entre las rocas donde San Francisco se retiraba para orar. Al salir del complejo, se accede a los senderos que recorren el bosque para llegar a las demás cuevas elegidas por los frailes, entre ellas las del Hermano León, Hermano Bernardo, Hermano Rufino o Hermano Egidio.

La peregrinación sigue, por supuesto, en Asís y más abajo en el valle, en la basílica papal de Santa María de los Ángeles, cuya construcción majestuosa encierra la Porciuncula, la modesta capilla de piedra donde Francisco falleció el 4 de octubre de 1226. Pero desde allí, inevitablemente, las miradas llevan hacia el monte y el impenetrable bosque que encierra todavía los misterios de San Francisco.

El tiempo no pasa por el monte Subiaso con el mismo ímpetu que en el resto del mundoPierre Dumas



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